El pasado viernes se estrenó en 50 salas españolas la película definitiva sobre el líder de Nirvana: Cobain. Montage of Heck . Y es que todo icono del rock que se precie tiene su particular tributo dentro del género “rockumental”. Sin embargo, todavía quedan historias por contar, artistas por reivindicar y canciones a las que poner imágenes. Y nada mejor que el cine para ello.

Los hay de todo tipo. Experimentales (The Ballad of Genesis and Lady Jaye), académicos (George Harrison: Living in a Material World), honestos (The Filth & The Fury), tiernos (Anvil: El sueño de una banda de rock), icónicos (Don´t Look Back), oscarizados (20 Feet from Stardom), anodinos (Big Star: Nothing Can Hurt Me), vitalistas (Stop Making Sense), íntimos (Paco de Lucía: la búsqueda), reveladores (Beat This, A Hip Hop History) e incluso desesperados (The Devil & Daniel Johnston).

La lista, como siempre, sería interminable. Pero esta breve relación de películas sobre música y/o músicos dimensiona uno de los géneros cinematográficos más estimulantes de los últimos años. Figuras como Genesis P-Orridge, Martin Scorsese, Julian Temple, Bob Dylan, David Byrne, Jonathan Demme, DJ Kool Herc o Daniel Johnston están detrás (o delante) de los títulos anteriores.

El último en subirse al carro es Kurt Cobain, que estos días revive en los cines con la película Cobain. Montage of Heck. Por supuesto, el líder de Nirvana ya había sido objeto de varios documentales y biopics, pero estamos ante el documento definitivo (como se suele apostillar) para entender y profundizar en la personalidad del icono del grunge. La familia ha rebuscado en los cajones de casa para dar salida a viejas películas Super 8, grabaciones de audio caseras y cientos (miles) de dibujos de Cobain. Este es el principal tesoro y materia prima para los documentales musicales: el material, el archivo, el corazón mismo del artista.

Si eres aficionado al rock, es probable que hayas visto varias (o muchas) de las películas citadas. Pero seguro que hay varias que todavía no has visto. Más que nada, porque no se han hecho. Aquí algunas propuestas.

 

Una escena musical a reivindicar (o el documental coral)

¿No estaría fenomenal un documental sobre la escena/sonido de Canterbury? Una película que nos cuente los entresijos del terremoto psicodélico con epicentro en esta localidad británica que se produjo en la segunda mitad de los 60 y comienzo de los 70. Las idas y venidas de Robert Wyatt, Kevin Ayers, Daevid Allen, los primos Sinclair, Pye Hastings y sus respectivas bandas Wildeflowers, Soft Machine, Gong, Caravan, Matching Mole, Hatfield and the North… Una película salpicada con músicos nómadas, viajes iniciáticos (varios a Mallorca, por cierto), apogeo en Londres, bandas que se unen, bandas que se separan, y un clímax de esos que parecen más propios de la ficción (Wyatt cayó por la ventana de un tercer piso en 1973 y quedó postrado en una silla de ruedas de por vida). Pero por encima de todo, la música de estos grupos, entre el rock progresivo, la psicodelia, el jazz…

 

Propongamos el proyecto a algún director especializado en películas corales. Cualquiera de los Anderson estaría bien: lo mismo Wes que Paul Thomas. Por pedir que no sea.

 

El artista maldito (o el genio caído en desgracia)

Es casi un subgénero dentro de las películas sobre músicos. Las películas sobre Ian Curtis o Rodríguez serían un ejemplo. La historia del rock está llena de casos así. Son abono para la leyenda. Una película sobre Nick Garrie o Jackson C. Frank, por dar dos ideas, sería gloria bendita para todos aquellos que hoy en día siguen comprando sus discos y trasmitiendo su buena nueva. Dos artistas de los que durante décadas nada se supo, condenados al ostracismo por circunstancias de la vida.

La del cantautor Jackson C. Frank (Buffalo, EE.UU, 1943) es una historia difícil de creer. Fue víctima de un terrible accidente cuando era niño que le marcó irremediablemente, vivió cierto éxito en el Swinging London con Nick Drake, fue vagabundo por las calles de Nueva York… Y para rematar la jugada, recibió un disparo en el ojo (fruto de otro accidente).

 

La historia de Nick Garrie (Yorkshire, Reino Unido, 1949) es quizá menos traumática pero no menos triste. Este guaperas (con un estilo a caballo entre Cat Stevens y la chanson francesa) lo tenía todo para triunfar, incluido un disco extraordinario. Pero el suicidio del productor e ideólogo del disco días después de su lanzamiento dio al traste con toda la promoción. Y de paso con la carrera de Garrie. Pero a diferencia de la película de Frank, en la que nunca veremos al protagonista salir de agujero, la de Garrie es una historia de “justicia poética”, pues nos reserva un segundo punto de giro. Su disco maldito fue también disco de culto desde su publicación. Hoy gira por todo el mundo, su obra magna, The Nightmare of J.B. Stanislas, es reeditada por discográficas (Elephant Records en España) y le oímos decir irónicamente en sus conciertos (incluido el Primavera Sound de hace unos años) aquello de: “Sí. Soy Nick Garrie. Y todavía sigo vivo”. Sería un documental para echar la lagrimita.

 

 

Los adelantados a su tiempo (o los visionarios locos)

A los melómanos les encanta aquello de “este disco de los 70 suena como si fuera de los 90”, “son unos visionarios”, “esta banda se inventó este estilo”… Como siempre, cada uno tendrá su particular fetiche. Pero no hay duda que una de las películas que más polvareda levantaría sería una sobre los Silver Apples. Por no decir que levantaría a los espectadores de sus butacas. La banda de Simeon Coxe II y el batería Danny Taylor estuvo en activo entre 1967 y 1969. Pues bien, estos lunáticos de Nueva York hicieron algo parecido a la electrónica, mientras sus coetáneos folkies cantaban a la paz en el Greenwich Village y la Velvet Underground redefinía en el rock (y el pop, y el punk…). Lou Reed y compañía eran terriblemente modernos, no hay duda, pero lo de los Silver Apples no tiene nombre. Con una simple batería y un engendro de válvulas casero hicieron algo extraterreste para la época. No es eléctrónica propiamente dicha, es cierto. Pero aquí está el germen del tecno. Recordemos: 1968.

 

Un documental centrado en los tres años de creación artística de los Silver Apples (1967-1969) y el impacto que su música pudo causar en aquellos que la escucharon sería fascinante. ¿Qué necesitamos para la película? Rebuscar en los cajones. Lo mismo que ha conseguido la familia Kurt Cobain: imágenes de archivo, entrevistas con artistas contemporáneos que reconozcan su influencia y, sobre todo, muchísimas fotos para hacer zoom sobre ellas. Y ya tenemos un documental. Deseando verlo en el cine.

 

UN GÉNERO EN VÍAS DE DESARROLLO

Abriendo el plano para ver “the big picture”, no son pocos los que opinan que el documental (en general) es el género cinematográfico que más alegrías nos va a dar en los próximos años. Y el documental musical (en particular) es la niña bonita. Cabe destacar que dos de los tres últimos ganadores del Oscar en la categoría Documental son “rockumentales” (Searching for Sugar Man y 20 Feet from Stardom). Significativo. También el éxito de festivales de cine dedicados exclusivamente a este género, como el Beefeater IN-EDIT de Barcelona.
En los últimos años, el género como tal se ha desarrollado formalmente “hacía dentro” y “hacia fuera”.
Desarrollo “hacia dentro” si observamos la endogamia reinante en la mayor parte de las películas sobre músicos y que se manifiesta en determinados vicios recurrentes de los realizadores. Como ejemplo, el típico “total” a cámara. Es decir, esa declaración a menudo forzada del familiar de turno comentando la jugada. Pero despojemos en este caso la palabra endogamia de su componente negativo, pues la autoconsciencia del propio género y el desarrollo de sus códigos y lenguaje propio han servido para forjar los clichés que exigimos a todo género. Como la “femme fatale” que esperamos sufrir en toda película de cine negro, en los documentales musicales esperamos encontrar las declaraciones a cámara de los allegados al artista.
Desarrollo “hacia fuera” en cuanto a la hibridación con otros géneros cinematográficos. Ya sea el thriller psicológico (The Devil & Daniel Johnston), la road movie (Festival Express), las pelis de detectives (Searching for Sugar Man) o incluso el falso documental o la comedia (con el hito que supone This Is Spinal Tap en este sentido).