Nadie puede negar que Mariano Rajoy es un hombre previsible. Lleva meses con el mismo discurso y no lo cambia, pase lo que pase. El mensaje que ayer quiso lanzar el presidente del Gobierno, durante un desayuno con periodistas en un lujoso hotel de Madrid, fue idéntico al que tenía antes de la importante caída de votos en las elecciones europeas, antes de la dolorosa derrota en los comicios andaluces y antes de que estallará el caso Rato , que tan importante brecha divisoria ha abierto en su Gobierno. Esto es: fiarlo todo a la economía y rechazar cambios en el PP. Como guinda, Rajoy dio carpetazo a cualquier debate sucesorio.

El barón autonómico del PP se revuelve nervioso en su asiento oyendo a Mariano Rajoy. Es uno de los presidentes regionales del partido que han acudido al desayuno organizado por la agencia de noticias Europa Press a escuchar al presidente del Gobierno. Su nerviosismo se debe a que él, como otros muchos en el PP, se la juega en las elecciones del próximo 24 de mayo. Las encuestas dan por hecho que no tendrá mayoría y que si gana, cosa difícil, le costará formar gobierno.

Al entrar en la sala del hotel Villa Magna, el barón popular aún conserva la esperanza de que algo cambie en su partido. En privado, aplaude las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo de la semana pasada, en las que el presidente de la Xunta de Galicia proclamó alto y claro que se abrirá un periodo de reflexión en el liderazgo de Rajoy si hay debacle el 24-M; es decir, en el caso de que los populares sean superados por el PSOE o Podemos.

Piensa que esas afirmaciones pueden sacudir las estructuras internas del PP y del Gobierno antes del 24-M. Está esperanzado en un cambio de estrategia que evite una importante pérdida de poder en los comicios autonómicos y municipales.

El presidente autonómico sabe que la cita es importante, pues va a ver cómo Rajoy se somete a las preguntas de la prensa por primera vez desde que estallara el caso Rato. El acto no es una rueda de prensa al uso. Se trata de que el moderador del desayuno –el director de la agencia Europa Press– recoja las preguntas escritas que le han pasado los compañeros periodistas, haga una criba y sea él quien las formule al presidente del Gobierno.

Pasan diez minutos de las nueve de la mañana y el salón donde se va a celebrar el acto se encuentra lleno a rebosar. El Gobierno, como no podía ser de otra manera, está ampliamente representado: la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y siete ministros (Justicia, Defensa Fomento, Sanidad, Economía, Empleo y Educación). El PP tiene también a sus principales espadas, con la secretaría general, María Dolores de Cospedal, a la cabeza, su número dos, Carlos Floriano, y las candidatas por Madrid, Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes. Llegan los saludos de rigor e, inmediatamente, comienza el discurso del presidente.

Entre las primeras frases de Rajoy se encuentra una que, aunque sabida, no dejará de ser uno de los ejes de su campaña electoral. “La demagogia y la frivolidad sólo garantizan la regresión y la pérdida de influencia”, dice en referencia a los nuevos partidos que, como Podemos y Ciudadanos, han irrumpido con fuerza en el mapa político español.

No tarda mucho tiempo el presidente del Gobierno en pronunciar los dos titulares que quería vender en su comparecencia. Lo hace remarcando las sílabas, para que a nadie se le escape la importancia del asunto. Por un lado, se refiere al documento que en los próximos días el Ejecutivo enviará a Bruselas y que incluirá una nueva previsión de crecimiento. “Este año 2015 –señala Rajoy con énfasis- el crecimiento de la economía española será del 2,9 por ciento. Para 2016, el porcentaje será del mismo”. Es decir, cuatro décimas más que las previsiones iniciales. Por otro, subraya que el objetivo del Gabinete es llegar a los veinte millones de personas empleadas en España en el final de la siguiente legislatura, dando por hecho que su partido volverá a ganar las elecciones y formará gobierno. Claro mensaje subliminal.

Rajoy se pone de perfil

Poco más se puede decir de su primera intervención, la que llevaba escrita y se limitó a leer, dejando a un lado la improvisación. A continuación vienen las preguntas, esas que son objeto de criba por parte del moderador, desechando –supuestamente- las más incómodas.

Una de las primeras se refiere a Rodrigo Rato. No quiere el presidente ahondar en el asunto, sabedor de que se mueve en arenas movedizas: “Rato ha sido un compañero mío en el Gobierno. Hizo una gran gestión en su día. Dicho esto, las cosas son como son. Y lo que ha ocurrido hasta ahora es que las instituciones en este país funcionan”.

En siguiente pregunta, relativa al comportamiento poco ético de Federico Trillo y Vicente Martínez Pujalte, que cobraron presuntamente de empresas privadas mientras eran parlamentarios, el presidente del Gobierno se pone de perfil: “Las incompatibilidades de los diputados, que son ya duras, atañen a las Cortes Generales. No obstante, hay que resaltar que, si se endurecen todavía más esas incompatibilidades corremos el riesgo de que sólo se dedique a la política gente con ingresos muy altos”.

También se le pregunta por la reforma constitucional. Y ahí vuelve el Rajoy más previsible: “No me opongo a ella, pero me gustaría saber qué se quiere reformar. En este momento no la veo porque no creo que haya consenso para hacerla”.

La penúltima pregunta fes la relativa a la situación del PP. De nuevo, el Rajoy previsible e inmovilista, esta vez con unas dosis de retranca gallega: “No tengo intención de provocar ningún cambio en el partido. Con absoluta franqueza. Si lo tuviera, no se lo iba a decir. Dicho esto, quédese con la primera afirmación”.

Por último, el moderador le pregunta sobre el debate sucesorio y Rajoy esboza una sonrisa. “Quiero ser el candidato del PP para las elecciones generales. Confíen en mí, les irá bien”. Cómo se nota que estamos a pocos días de que comience la campaña electoral.

Terminado el desayuno, este cronista se acerca al barón autonómico que se removía nervioso en su asiento mientas escuchaba la intervención de Rajoy. Su semblante es más serio que el que se le podía ver cuando empezó el acto. Pregunta: “¿Qué te ha parecido el discurso”. Repuesta: “Muy satisfecho por los datos económicos”. Pregunta: “¿Y lo demás?” Respuesta: “Nada nuevo bajo el sol”. Pues eso.