Nunca he sido un gamer hardcore , de esos que se terminan un juego de una sentada o se pasan horas metidos en un juego online. De hecho, por algún extraño motivo tengo una cierta aversión a los juegos online.

Pero en casi todas las etapas de mi vida he tenido una cierta relación con los videojuegos. Allá por 1982-83 mis padres me compraron un par de Game & Watch de Nintendo, el Donkey Kong de 2 pantallas, un claro antecesor de la DS, y el Donkey Kong Jr., las cuales aún conservo, como reliquias arqueológicas. En el 83 llegó a casa la Atari 2600 con tres juegos, el Pac-Man, al que el bandarra de mi hermano se empeñó en ver qué pasaba cuando llenabas el marcador (simplemente se ponía a cero de nuevo), el Space Invaders y un Tenis con el que mis padres jugaban a dobles.

Por esas mismas fechas me cayó un flamante ZX Spectrum 48K con sus botones de goma. La de horas que me pasé con juegos como Green Beret, Sabre Wulf, Sir Fred o R-Type… Y aquí llegó mi gran desconexión del mundo de los juegos. Sí, alguna cosa de PC tenía por ahí, pero los últimos tiempos del instituto y los años pasados en la Universidad Politécnica de Madrid (vale, y las timbas de Magic) no dejaban mucho tiempo para jugar.

Pasa el tiempo y los juegos vuelven a llamar a la puerta ya con la carrera acabada e incorporado al mundo laboral. Allá por 2004, unos amigos me regalan por mi cumpleaños una PS2 para que dé rienda suelta a mi pasión musical con los Guitar Hero (que no se me daban nada mal) y los Singstar (algo peor). Pero oye, que se cuelan por ahí los Metal Slug, los Lego Star Wars y los Dark Alliance y el gusanillo vuelve a entrar. Y mi futura señora me regala una PSP por Navidad que utilizaba más que nada para ver series de TV en los eternos desplazamientos en el transporte público del Madrid en el que vivía entonces… y para jugar al Loco Roco. Los videojuegos ya estaban otra vez en mi radar.

Y sale eso que llamaron Nueva Generación. Y la gente de mi entorno empieza a hablar de cosas como PS3 o XBox360 y me planteo comprar otra consola. “Tíos, me voy a comprar consola, ¿qué hago?”, puse en Facebook. Diez personas me respondieron. Nueve dijeron que la 360. Así que, haciendo caso al comité de expertos, en marzo de 2011 me convertí en el orgulloso propietario de una Xbox360 edición limitada Halo: Reach con tres juegos (años después acabaría cayendo también una PS3). El Halo: Reach, al que jugué un par de sesiones y nunca terminé de pillarle el punto. El Brutal Legend, juego obligado para todo metalero que se precie. Y, dejando lo mejor para el final, Assassin’s Creed.

Assassin’s Creed era un juego que por entonces ya llevaba unos añitos en el mercado, y que estaba ambientado en una época histórica que siempre me ha provocado una profunda fascinación: la Tercera Cruzada a finales del S.XII. Nos cuenta la historia de Altaïr Ibn-La’Ahad, miembro de la Orden de los Asesinos, a través de la memoria genética de Desmond Miles, un descendiente suyo en el presente. La mencionada Orden, también conocida como los Hashishin, está basada en la secta musulmana de los Nizaríes, con base en la fortaleza de Masyaf, en Siria, y dirigidos por el Viejo de la Montaña, Al Mualim. Se nos plantea la existencia de dos organizaciones en un conflicto milenario que llega hasta nuestros días, los Asesinos y los Templarios, que buscan ambas dirigir los designios de la humanidad por caminos opuestos. Mientras que los Templarios son agentes del orden (con una agenda oculta que se acabará desvelando en posteriores entregas de la saga), los Asesinos apuestan por la libertad por encima de todo, resumiendo su filosofía en una frase:

“La sabiduria de nuestro credo se revela en estas palabras: nada es verdad, todo esta permitido. Actuamos en las sombras para servir a la luz: somos asesinos.”

Altaïr es uno de los más destacados miembros de su Orden, pero pecando de orgullo fracasa en una misión que le es encargada, ignorando los preceptos de los Asesinos. Por ello, Al Mualim le somete a una cura de humildad degradándole y encargándole el asesinato de nueve templarios en las ciudades de Jerusalén, Acre y Damasco. Poco a poco iremos visitando las tres ciudades y descubriendo los mapas con uno de los conceptos visualmente más impactantes de la saga: las atalayas.

Las atalayas son edificios altos a los que trepamos hasta llegar a un saliente y desde allí otear la ciudad para planificar las misiones que se nos encomiendan. Aunque se han acabado conviertiendo en algo rutinario en la saga, el momento de la sincronización (en términos de juego, visualizar un área oculta de mapa) y el posterior salto al carro de heno me pareció desde la primera vez que lo jugué (sí, la primera, lo he rejugado en dos ocasiones posteriores) es absolutamente hipnótico. Casi tanto como pasear por las calles de las ciudades, pudiendo entrar por cualquier callejón o subir a cualquier edificio. Horas de boca abierta, señores.

¿Hay algún pero en este juego? Sí, uno muy grande. Una vez se te encarga la misión de los nueve templarios, el esquema del juego se hace extremadamente repetitivo. Para cada uno de los asesinatos se repite el mismo esquema:

  1. Se visita la Casa de los Asesinos de la ciudad en la que está la futura víctima.
  2. Se tiene una conversación con el responsable de la Orden en la ciudad en la que de una forma más o menos abierta nos recuerda nuestro fracaso y nos dice quién es nuestro objetivo y en qué barrio de la ciudad tenemos que investigar su presencia.
  3. Vamos al barrio mencionado. Abrimos atalayas. Escuchamos conversaciones, robamos cartas o interrogamos a golpes a gente que sabe del paradero y las actividades de nuestro encargo.
  4. Volvemos a la Casa de los Asesinos. Rendimos cuentas ante el jefe y le contamos qué hemos averiguado. Nos da el visto bueno en forma de una pluma blanca.
  5. Una vez localizado el templario, vamos a por él y lo mandamos al otro barrio. Mojamos en su sangre la pluma y se la entregamos al jefe.

A ver, que el juego está francamente bien, es adictivo, provoca un sense of wonder que nunca antes me provocado ningún videojuego y la historia está excepcionalmente bien hilada. Pero la repetición de los pasos enumerados acaba cargando un poco. Hay que reconocer que aún así, a través de la información que vamos recopilando, se nos va insinuando una historia mayor que desemboca en un emocionante (aunque no demasiado sorprendente si vas atento a las pistas) clímax. No sorprende, por tanto, que haya acabado dando lugar a una de las franquicias más exitosas del momento de la que ya han salido ocho entregas principales y once secundarias para consolas portátiles y móviles. En resumen, Assassin’s Creed es un juego que merece pasar a la historia.

Y ahora, después de los tristes sucesos del adolescente de Barcelona, toca hacer una reflexión. ¿Son los videojuegos los causantes de la violencia entre la población más joven?

¿Se puede hablar de una relación directa entre videojuegos y violencia?

Periódicamente, cada vez que un joven comete algún asesinato, la sorpresa y el rechazo al hecho de que una persona que vive sus años más inocentes haya podido hacer algo así nos hace inevitablemente preguntarnos por qué. Y es comprensible buscar qué hacía diferente a ese niño, qué lo ha convertido en un monstruo. Y aunque no es racional ni lógico, si es comprensible en un momento de frustración señalar a los hechos diferenciales como posibles causas del acto. Así, se ha podido leer en los últimos días que el alumno de la ballesta jugaba a videojuegos o era fan de The Walking Dead. Y tristemente, no es nada nuevo. A lo largo de los últimos años se ha relacionado la violencia con el heavy metal, los juegos de rol o los animes japoneses, estigmatizando a todo aquél que comparta esas aficiones.

¿Jugaba a videojuegos el adolescente de la ballesta? No lo niego, como la mayoría de las personas de su generación.

¿Fueron los videojuegos los causantes de lo que hizo? La respuesta ha de ser un rotundo no. La causa del hecho parece ser un brote psicótico.

¿Puede ser que un niño con problemas mentales los vea agudizados al enfrentarse a los videojuegos? Dejando de lado el “pues yo creo que” y centrándose en estudios científicos serios, podemos citar un estudio de Christopher J. Ferguson, doctor en Psicología Clínica especializado en comportamientos violentos, que niega que exista tal relación.

Aún así, creo que hay que hacer un llamamiento al sentido común. En un par de ocasiones he presenciado una escena casi calcada que me ha dejado pensativo. Padres que van a una tienda de videojuegos y piden el GTA V para su hijo de 8-10 años. El dependiente informa a los padres que es un juego con clasificación PEGI 18 y que quizá no sea apropiado para un niño de esa edad. Los padres preguntan por qué, y el dependiente comenta que el juego trata temas como prostitución, drogas, robos, asesinatos y demás. Los padres dicen que les da igual, que es el juego al que juegan todos sus ‘amiguitos’ y que es el que quiere. El problema no es que sea un videojuego, es que se le da acceso a los jóvenes a un producto que no está dirigido para ellos, como tampoco lo están determinados programas de televisión en horario infantil.