Frank Underwood tiene una misión: conseguir el poder a cualquier precio. ¿No le conoce? Debería. Es el protagonista de House of Cards, la célebre serie de televisión de Netflix protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright. Él, un político de mediana edad con marcado acento sureño, amor por los soliloquios y ningún respeto por la cuarta pared. Ella, una Lady Macbeth de altura, una mujer adusta y yerma sin la que no se puede entender la carrera hacia el poder de su marido y cómplice. “La quiero más que los tiburones a la sangre”, reconoce él en una ocasión.

En la serie, conducida por Beau Willimon -aunque David Fincher le imprimió su peculiar personalidad visual-, Underwood comienza sus andanzas como látigo parlamentario. En países en los que los escaños están ocupados por políticos con cierta capacidad operativa, no por meros apéndices de la disciplina de partido, es una figura necesaria para garantizar que se respeta la voluntad de la organización e, incluso, para garantizar que estarán presentes en las votaciones quienes tienen que estar. En España muchos nos conformaríamos con que los políticos fuesen capaces de distinguir entre el botón rojo y el verde, y nos preguntamos, estupefactos, cómo algunos sobrevivieron de niños a los semáforos. 

El látigo de Rajoy mide alrededor de 150 centímetros y nació en 1971 en Valladolid

Pero eso no quiere decir que nuestro Gobierno no tenga un látigo. El de Rajoy mide alrededor de 150 centímetros y nació en 1971 en Valladolid. Esta semana, SABEMOS ha publicado que el presidente ha pedido a Soraya Sáenz de Santamaría, el miembro del ejecutivo más valorado entre los ciudadanos, que zanje los últimos líos que han sacudido la escena política nacional y turbado las aspiraciones del PP para las sucesivas citas electorales que se avecinan. 

En la serie, el presidente demócrata Garrett Walker también confiaba en Underwood. Indeciso y atribulado por las dudas, le responsabilizaba de las labores más complejas. Rajoy ha hecho lo mismo una y otra vez con Sáenz de Santamaría. Sucedió el pasado octubre con el brote de ébola. Cuando el pasado viernes, en consejo de ministros, Soraya pronunciaba la frase “hay tres fugas de combustible en el barco, que vierten al mar entre 10 y 5 litros por hora”, era difícil no pensar en el presidente recordando aquella célebre reflexión sobre los hilillos de plastilina del Prestige. 

Aunque ha habido unanimidad a la hora de criticar las actividades del exvicepresidente primero, tampoco han faltado ataques de lo más variopinto sobre la demolición controlada que se ha llevado a cabo contra el hombre que pudo presidir España. Porque no nos engañemos: Rato ha sido ya juzgado, sentenciado y condenado mucho antes de prestar declaración ante un juez. Incluso ha confesado en público, pasen y vean. 

Si alguien en el Gobierno podía pensar que iba a conseguir dar imagen de limpieza con esto, o que sus expectativas electorales podrían mejorar, hoy nadie duda de que lo único que se ha conseguido es esparcir bosta fresca con un mocho seco. Cuando el cadáver de Rato aún no estaba frío, se ha juntado en la morgue con los de Trillo y Martínez Pujalte, de profesión pluriempleados.

“El camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía y cadáveres”, dice en una ocasión Frank Underwood. 

Estamos asistiendo a una limpieza de sangre en toda regla que no ha pasado desapercibida para los medios. Aunque Rato ha sido el protagonista absoluto de la semana, a Rajoy también le han caído collejas de manos tan distintas, a priori, como las del director de El Español, Pedro J. Ramírez, o la de Javier Gallego, la voz de Carne Cruda. 

Rajoy y Montoro pueden cansarse de decir que se enteraron de lo de Rato por la prensa, pero otras informaciones señalan lo contrario: desde hace mucho tiempo eran perfectamente conscientes de que las finanzas de Rato podían darles problemas. Luis de Guindos puede hacerse el longuis mientras piensa en presidir el Eurogrupo, pero es bien conocida la animadversión que él y Rato se profesan. ¿Alguien ha salido indemne de todo esto?

En este escenario sólo hay dos posibilidades. La primera es pensar que durante los últimos días hemos asistido a un esperpento, a una chapuza mayúscula más propia de Mortadelo y Filemón que de un régimen democrático en el que existe la separación de poderes. Una triste parodia de House of Cards en la que Mariano Rajoy es un Frank Underwood interpretado por José Mota. La segunda alternativa nos lleva a imaginar un escenario mucho más parecido al de la serie. Nos hace reflexionar sobre si puede haber alguien interesado en derrumbar el castillo de naipes de Mariano Rajoy para hacerse con el poder. Alguien dispuesto a empujarlo bajo las vías del tren aprovechando su confianza y cuando nadie está mirando.