La presidenta andaluza disolvió el Parlamento para no ser rehén de IU y ahora se le resiste hasta la investidura. La ‘maldición’ de no agotar el mandato ya afectó antes a otros mandatarios como Cascos, Mas, López o Pujol.

Más de un mes después de las elecciones andaluzas, todavía no hay ni fecha para el pleno de investidura. Los comicios que Susana Díaz convocó con el fin de ganar estabilidad han generado una situación aún más incierta de la que había con el Gobierno PSOE-IU. Y aunque las negociaciones para elegir presidenta a Susana Díaz se desbloqueen -cosa que sucederá “muy pronto”, según la ganadora de los comicios- lo que espera es una legislatura marcada por las exigencias de Ciudadanos y Podemos -que de momento ya han provocado el adiós a la política de José Antonio Griñán y Manuel Chaves– y el distanciamiento entre PSOE y PP -acentuado tras la composición de la Mesa del Parlamento-.

Cascos prefirió disolver el Parlamento antes que pactar los presupuestos y perdió las elecciones

Adelantar elecciones cuando se gobierna en precario ha sido una decisión reiterada en los últimos tiempos en España. Los mandatarios buscan ampliar sus mayorías y liberarse de tutelas pero a menudo lo que consiguen es lo contrario. De ello da fe Francisco Álvarez Cascos, que disolvió la Cámara asturiana en enero de 2012, al medio año de llegar al poder, ante la imposibilidad de sacar adelante los presupuestos. En lugar de ceder a las pretensiones de otros partidos, prefirió buscar un mayor respaldo de los electores. Lo que ocurrió, sin embargo, es que perdió las elecciones y la presidencia del Principado en favor del socialista Javier Fernández, que pactó su investidura con IU y UPyD.

Apenas unos meses después, vivió una experiencia similar el presidente de la Generalitat, Artur Mas. El desafío soberanista que lanzó nada más suceder a José Montilla se encontró con la oposición frontal del Ejecutivo nacional y para legitimarse en su empeño adelantó las elecciones. El objetivo era la mayoría absoluta y en esa clave ganadora desarrolló toda su campaña, que concluyó con el jarro de agua fría de comprobar que la estrategia había polarizado al electorado en exceso. Los beneficiados fueron ERC y CUP en el lado independentista y PP y Ciudadanos en el españolista. Mas perdió 12 escaños de los 62 que tenía, pese a lo cual pudo seguir gobernando gracias a un acuerdo con Esquerra que le ha marcado la pauta hasta ahora.

Y es que los electores parecen penalizar a los presidentes que no acaban sus legislaturas. Díaz no se estrelló en las urnas, más bien mantuvo el tipo ante el auge de los partidos emergentes, pero la situación en que ha quedado no reviste precisamente más seguridad de la que tenía.

Pujol perdió diez escaños y López nueve

Además de ella, de Cascos y de Mas, en los últimos tiempos han sufrido la ‘maldición’ del adelanto electoral otros ilustres de la política española. Entre ellos se encuentra Jordi Pujol, quien tras cosechar tres mayorías absolutas en 1984, 1988 y 1992 decidió disolver el Parlamento catalán un año antes de lo que correspondía en 1995. Con ese movimiento, Pujol cedió diez escaños y pasó a depender de otros partidos para gobernar y sacar adelante la agenda legislativa.

Obligado por la ruptura del acuerdo con el PP, el exlehendakari Patxi López llamó a los vascos a votar en 2012, medio año antes de agotar su mandato. En esa cita, al contrario que en 2009, estuvo presente la izquierda abertzale y su vuelta a la Cámara autonómica provocó el derrumbe del PSE -perdió nueve de sus 25 diputados- y el fin del primer Gobierno no nacionalista en el País Vasco.

López salió del gobierno tras el adelanto electoral al que le abocó la ruptura con el PP

“La certidumbre es estabilidad y ha pesado en mi ánimo fijar un calendario claro”, declaró José Luis Rodríguez Zapatero en julio de 2011, al convocar las generales para otoño. Sus últimos años habían sido un calvario y se decantó por no agotar la legislatura, no ya para buscar una estabilidad imposible -las encuestas situaban al PSOE a más de diez puntos de distancia del PP- sino para no alargar la agonía. Su partido se hundió y obtuvo el peor resultado de su historia.

Felipe González, por último, disolvió las Cortes siempre antes de tiempo, aunque por las más variadas razones. En 1986, 1989 y 1993 le salió bien la jugada -si bien con peores resultados cada vez- y en 1996, cuando adelantó los comicios obligado por la pérdida del apoyo de CiU, se produjo la derrota frente al PP de José María Aznar.

Malas experiencias, pues, las que han vivido los dirigentes que no agotaron sus mandatos y convocaron elecciones antes de tiempo. Susana Díaz pretendió romper la dinámica -que precisamente tuvo en 1996 con Chaves una de sus pocas excepciones– pero, pese a que su investidura parece cada vez más cercana, la ‘maldición’ no ha hecho sino consolidarse.

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