Antes de cumplir 30 años, el escritor uruguayo anhelaba la aparición de una figura capaz de rescatar al fútbol del desdén de los intelectuales, papel que acabó asumiendo él mismo.

“¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. La frase es de Eduardo Galeano, miembro de ambos colectivos, maravillado por lo primero y atormentado por lo segundo. Desde muy joven, y durante varias décadas, el escritor uruguayo se esforzó por acortar el abismo entre dos mundos, polos opuestos que se evitaban con una eficacia que él encontraba desoladora.

En 1968, con sólo 28 años, Galeano llevó a cabo una cuidadosa recopilación de textos relacionados con el balompié, un esfuerzo encaminado a atraer el interés de la comunidad literaria. “El desprecio y el miedo han hecho del fútbol un tema tabú casi invicto, aún no revelado en toda la posible intensidad de las pasiones que resume y desata”, lamentaba en el preámbulo de la obra, casi un incunable, titulada ‘Su majestad el fútbol’. “Los toros han tenido su Hemingway. El fútbol espera todavía al gran escritor que se lance a su rescate. Ojalá este pequeño trabajo sirva como provocación o estímulo”.

El volumen comenzaba con el célebre ensayo ‘Lo que debo al fútbol’, en el que Albert Camus legaba la cita más gastada por todo aquel que ha tratado de predicar que el balón es algo más que un pasatiempo para bárbaros: “Todo lo que sé de los hombres lo aprendí del fútbol”. En total, contenía textos de 17 autores, incluidos otro célebre escritor uruguayo, Mario Benedetti, y un entrenador que acababa de revolucionar el fútbol europeo, Helenio Herrera.

Con ‘Fútbol a sol y sombra’ se rebeló contra la “uniformización obligatoria” que comenzaban a imponer los tiempos.

 

 

 A Galeano nunca le importó remangarse para rebatir a Rudyard Kipling, que en los albores del fútbol se había burlado de las “almas pequeñas” capaces de disfrutar con un espectáculo protagonizado por “idiotas embarrados”, o a Jorge Luis Borges, que sostuvo que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Como es sabido, Borges programó una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día y a la misma hora que Argentina debutaba como anfitrión del Mundial 78. Galeano presumía de hacer lo contrario: durante cada Copa del Mundo él y su mujer colgaban en la puerta de casa un cartel para aislarse de todo: “Cerrado por fútbol”. Y no lo quitaban hasta que había campeón.

Con su único libro dedicado por completo al balón, ‘Fútbol a sol y sombra’ (1995), quiso llenar un vacío inexplicable: ¿por qué la historia oficial contemporánea volvía la espalda a semejante signo de identidad colectiva? Para él, la forma de jugar revelaba un modo de ser y afirmaba el derecho a la diferencia: “Estos son tiempos de uniformización obligatoria, en el fútbol y en todo lo demás. Nunca el mundo ha sido tan desigual en las oportunidades que ofrece y tan igualador en las costumbres que impone”.

Concebido como “homenaje” al juego, “celebración de sus luces y denuncia de sus sombras”, la obra aparece destacada en casi todas las listas de los mejores textos sobre fútbol, honor que suele compartir con ‘Fever Pitch’ (‘Fiebre en las gradas’) de Nick Hornby (1993) y ‘Football against the Enemy’ (‘Fútbol contra el enemigo’) de Simon Kuper (1994). Curiosamente, todos vieron la luz con apenas dos años de diferencia y han recorrido ya dos décadas convertidos en clásicos. De aquella época data también ‘Los once de la tribu’ (1995), del mexicano Juan Villoro, otro pionero muy en la línea de Galeano.

El libro fue revolucionario por sentar las bases de la relación entre fútbol y literatura y también por cómo lo hizo

Lo revolucionario de ‘Fútbol a sol y sombra’ fue sentar las bases para que la literatura rodara al fin por el césped, pero tambien los caminos que escogió para hacerlo. Galeano fue precursor en hacer del fútbol un elemento literario. Generó un contexto simbólico, el de la “guerra danzada”, y asignó un relato a cada figura del juego: el árbitro, el gol, el estadio… Todo en un único libro, que además resultó un éxito de ventas.

 Por si fuera poco, relacionó los Mundiales con su marco histórico y geopolítico, algo inédito al menos en lengua española. Entre otros muchos alicientes, el libro contiene un repaso a la Copa del Mundo, edición por edición. Quien lo haya leído difícilmente podrá olvidar la frase que acompaña a cada torneo desde Chile 62: “Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas”. Aunque el libro se publicó en 1995, Galeano ha ido añadiendo un capítulo por cada Mundial desde Francia 98 hasta Sudáfrica 2010. Cuando se disputó el de Brasil 2014, un cáncer de pulmón comenzaba a apagar su vida.

El 13 de abril, minutos después de que la prensa uruguaya confirmara el fallecimiento, cientos de frases entrecomilladas con la firma ‘Eduardo Galeano’ al pie comenzaron a inundar muros y ‘timelines’. Muchas de ellas tenían que ver con el fútbol, como aquella que establece que un 0-0 es la representación gráfica de dos bostezos, o la que lamenta que el gol es el orgasmo del fútbol y ambas cosas son cada vez menos frecuentes en la vida moderna. Miles de personas compartieron estos y muchos otros versos libres sin que por ello nadie les tomara por estúpidos ni tratara de medir el tamaño de su alma. Habría que estudiar qué hizo exactamente Hemingway por los toros, pero parece complicado que el resultado fuera mejor.