La última serie de Netflix, que presenta las aventuras del abogado ciego Matt Murdock, vigilante enmascarado en sus tiempos libres que fue encarnado por Ben Affleck en una película de ingrato recuerdo para muchos, es mucho más fiel al origen del personaje, a sus preocupaciones y… a la burbuja del ladrillo.

Daredevil es un producto inusual para una producción de superhéroes. Crudo, valiente, con personajes llenos de matices. Pero, lo más importante, contiene muchas de las lecciones vitales y morales que han impregnado siempre las historias de ese personaje que comenzamos a amar en España a pesar del absurdo nombre de Dan Defensor (de alguna forma había que justificar las “D” gemelas de la pechera).
 
Daredevil no es sólo la historia de un justiciero encapuchado rodeado de personajes secundarios, como es norma. Es la historia de un barrio en el que le suceden muchas cosas a mucha gente. Una pareja de jóvenes abogados que fundan un bufete para cambiar las cosas, una joven mujer enfrentada a una conspiración fuera de su alcance, una fuerza de la naturaleza encarnada en hombre que está dispuesta a convertirse en el motor de transformación para una ciudad de la que se siente parte, una mujer sofisticada que conoce un hombre peligroso, una enfermera que se encuentra en un callejón algo que le cambia la vida, un matón de nombre Turk que siempre tropieza en el peor momento con nuestro héroe, un periodista de investigación de raza atrapado en un mundo de blogueros… Todo enmarcado en la Cocina del Infierno, el barrio en el que el Vito Corleone de Mario Puzo comenzó sus andanzas
 
Como en Manhattan Transfer de John Dos Passos, aquí la ciudad y sus habitantes se erigen en protagonistas. Y no es la ciudad que conocemos. En esta versión de Nueva York nadie habla de Midtown West o Clinton, todo el mundo habla de Hell´s Kitchen, el nombre tradicional de la zona delimitada por las calles 34 y 59 al sur y norte, respectivamente, y el Hudson y la Octava al este y oeste.
 
Aunque en el mundo real se trata de una zona que ha mejorado considerablemente en los últimos años, en la serie de la factoría Marvel nos encontramos con un verdadero hervidero, una zona con encanto pero sacudida por la violencia de bandas y que, para colmo, sufrió graves daños por la invasión alienígena a la que asistimos en Los Vengadores
 
Porque lo más impresionante que ha conseguido la Casa de las Ideas con su universo cinematográfico es lograr que películas y series se influencien las unas a las otras. Si Los Vengadores fue el colofón de todas las películas de la primera fase de producción del estudio, en Daredevil vemos cómo el título de Josh Whedon aparece como el desencadenante. Del mismo modo que lo que vivimos en Capitán América, el Soldado de Invierno, fue transformando casi en tiempo real lo que iba sucediendo en Agents of Shield
 
Esa destrucción a gran escala provocada por Loki y los Chitauri ha provocado un reto colosal para Nueva York. ¿Reconstruir la ciudad o convertirla en algo diferente y mejor? ¿Reparaciones o Calatravas? Es una reflexión que, lamentablemente, ha experimentado la ciudad de los rascacielos.
 
Afortunadamente, el conductor de la serie, Drew Goddard (The Cabin in the Woods, Cloverfield) es un enamorado del personaje. Y no he tenido que leer una entrevista con él para descubrirlo. Es obvio. Se trata de un hombre que ha sabido apreciar que El Hombre sin Miedo de Frank Miller y John Romita Jr. es la historia de origen fundamental para nuestro héroe y que las etapas que dibujaron el propio Miller y el genial David Mazzucchelli, con Born Again como obra cumbre, son el nudo y desenlace del relato. No me extrañaría, incluso, que Goddard nos regalase incluso algunas pinceladas de la fase de Ann Nocenti. O que Elektra Natchios haga pronto su aparición (en el momento de escribir estas líneas sólo he podido ver cinco episodios).
 
Seguiré disfrutando de esta refrescante serie de superhéroes, muy superior a la impostada Arrow de CW, y preguntándome si algo hubiese cambiado en España si algún diablo atrevido se hubiese atrevido a poner freno a los excesos de nuestros dirigentes durante los peores años del boom inmobiliario.