Una institución desprestigiada, una deuda galopante y una obligada austeridad presupuestaria. Esto es lo que heredará el ganador de las próximas elecciones en la Comunidad Valenciana. A pesar de tan escaso premio la carrera por alcanzar el sillón del President de la Generalitat será más encarnizada que nunca puesto que, por primera vez en 20 años, el PP no tiene la victoria asegurada y ningún partido puede permitirse fallar en unos comicios en los que un sólo escaño puede marcar quién se lleva finalmente la llave de la codiciada gobernabilidad de las Cortes autonómicas.

El Partido Popular de la Comunidad Valenciana (PPCV) será el absoluto protagonista de las elecciones de mayo. Si retiene el poder, aunque sea con el apoyo de otra formación que condicione su programa político, saldrá reforzado a pesar de que todo lo que no sea una mayoría absoluta significaría un importante retroceso electoral. Si otra formación consigue las llaves del Palau, entonces, no lo duden, será interpretado como una derrota de los populares más que como un éxito del resto. En Valencia, más que como un debate sobre la supervivencia del bipartidismo, las elecciones se afrontan como un cambio de régimen.

¿De verdad puede el PPCV perder las elecciones?

Tanto se ha repetido que el PP va a perder la presidencia de la Generalitat Valenciana que se nos olvida una verdad esencial: se pueden contar con los dedos de una mano los partidos que teniendo mayoría absoluta han caído al segundo puesto de voto en las siguientes elecciones. El Partido Popular de la Comunidad Valenciana es, pues, el favorito absoluto para ganar los comicios del próximo mes de mayo. ¿A qué viene tanta euforia entre la oposición entonces? Pues a que por primera vez desde 1995 el PPCV da serias muestras de debilidad en las encuestas.

Uno podría pensar que el desgaste del PP viene dado por los continuos escándalos de corrupción que han acabado con varios de sus rostros más conocidos en prisión (como Carlos Fabra, perfecto perfil del político prácticamente omnipotente en su provincia, o Rafael Blasco, exconseller del que podría tomar apuntes Frank Underwood sobre como desactivar a la oposición), pero el partido que fíe a eso su victoria se llevará un más que probable disgusto. Baste como prueba el escaso revuelo que ha creado entre el electorado que el nuevo presidente de la Audiencia Provincial, que juzgará algunos de los casos más escandalosos que salpican a los populares, sea un exconseller del PPCV que, para más inri, fue quien afilió a Francisco Camps a Alianza Popular. El sentido democrático nos dicta que este nombramiento no tiene por qué influir en la independencia judicial de quienes decidirán si hay o no delito; el sentido común nos dice que si las masas de electores no han protestado no es tanto por su conocimiento sobre cómo funciona un tribunal de justicia como por lo poco que les importa el resultado del proceso. Hay algunas cosas que el elector valenciano asume como naturales.

¿Que ha cambiado pues? Que el insultante dominio del PPCV se ha basado durante las dos últimas décadas en cuatro patas electorales que esta legislatura han empezado a flaquear:

La larga cola

Desde que el PPCV fagocitó a Unión Valenciana durante los 90 —en una OPA tan agresiva que deja en simpática anécdota el actual trasvase de militancia de UPyD hacia Ciutadans— el votante de derechas valenciano no ha tenido más opciones de voto que el Partido Popular. Al igual que su matriz nacional, el PP valenciano ha logrado sumar escaños al recolectar votos de todo el espectro político que va desde la extrema derecha hasta el centro-derecha. Estas elecciones, sin embargo, el votante conservador valenciano no sólo tiene a su disposición otras opciones electorales afines entre los partidos que concurren sino que, por primera vez, algunas de estas opciones no transmiten la sensación de ser voto inútil.

Práctica ausencia del rival

Si el PPCV lleva casi dos décadas sin encontrar a nadie a su derecha, podríamos decir que le ha pasado lo mismo cuando miraba hacia la izquierda. No es que los partidos que aspiran a derrocarle no hayan hecho labores de oposición, es que han sido incapaces de encontrar un líder que calara en la opinión pública valenciana. Salir a calle a encontrar a alguien que recuerde quiénes fueron los candidatos de PSOE, Esquerra Unida o Compromís hace cuatro años es encontrarse un panorama inquietante que se va a volviendo desolador si intentamos que los electores fuercen sus memorias para ir más atrás en el tiempo. Eso ha cambiado con la irrupción de Mónica Oltra, que ha tenido cuatro años para convertirse en un referente mediático a nivel nacional y, en menor medida, con Ximo Puig, miembro de la Ejecutiva Federal del PSOE, o Ignacio Blanco, candidato de EU que ha anotado sus tantos mediáticos destapando los contratos de la Generalitat con el arquitecto Santiago Calatrava. Hasta Carolina Punset, la candidata de Ciutadans, se beneficia de su apellido —es hija del televisivo Eduard Punset— para ser un nombre conocido por el electorado. Sólo UPyD, y porque acaba de perder a Toni Cantó como candidato, presenta un nombre que el electorado no conoce: Alicia Andújar.

Garante del sistema

Veinte años en el poder hacen que las líneas entre la administración y el partido político que la gobierna se difuminen a ojos del elector. El PP era percibido como el único partido que garantizaba confianza en que las cosas seguirían funcionando bien frente al miedo a opciones políticas que requerían pactos que podían cambiar el estatus actual. Pero en los últimos años los populares han decepcionado a colectivos como los farmacéuticos, las bandas de música o el importante gremio fallero. Más importante aún es el conflicto que ha mantenido el partido con el empresariado valenciano, a priori su sector más afín, que degeneró en un cruce de declaraciones públicas impropio de la serenidad que ha mantenido el PP en anteriores situaciones.

Glamour

Cualquier fallo del PP valenciano se tapaba a ojos de los votantes con una montaña de lujos, eventos de alcance mundial, y obras faraónicas. A ningún elector le importaba hacer más cola en los hospitales, y no digamos ya si había o no déficit presupuestario, si obtenía a cambio la sensación de que Valencia cumplía por fin su sueño de ser Cenicienta en el contexto español en lugar de mera sirvienta. Sin embargo esta legislatura Valencia ha visto cómo se cumplía sólo la mitad del cuento, la llegada a las doce le ha dejado sin Fórmula 1 y sin Canal 9, pero sin que aparezca ningún príncipe azul a rescatarla. Los continuos desperfectos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias son el más duro recordatorio de que los valencianos dieron menos importancia a los hechos que a las apariencias.

Estos cuatro hechos unidos son los que marcan la tendencia bajista de un partido que lo ha sido todo durante veinte años y que ahora se ve en el incómodo papel de tener que jugar a la defensiva. Para el PP sería un trauma perder la Generalitat, pero para la oposición sería un fracaso absoluto demostrar que son incapaces de derrocar a los populares en su peor momento. La carrera por la presidencia es ya, un mes antes de que empiece la campaña oficial, una lucha a muerte en un escenario de edificios futuristas, trenes de alta velocidad y puertos de la Copa América, en la que que quien gane obtendrá unas arcas vacías, y quien pierda su tumba política. Bienvenidos a los Juegos del Hambre de 2015.