Todos deberíamos sentarnos en una silla de ruedas un par de días y sentir lo que sienten millones de personas durante toda su vida.

Sólo 48 horas. Serían más que suficientes para mirarles de otra manera: con el cariño y el respeto que todavía no tienen.

La sociedad no está preparada para convivir, aún, con la discapacidad.

Es más, en nuestros días, con la cultura de la perfección física, el culto al cuerpo, la excelencia, muchos jóvenes ven a sus compañeros discapacitados como un freno a su visión idealista de la vida… y les huyen.

Yo he vivido en mis carnes esa sensación. Mirarles por la calle, murmurar un: “pobres…” y seguir mi camino, despreocupado.

¡Que injusto fui!

Ahora convivo con ellos y sé de sus tristezas, de sus aspiraciones, de sus sentimientos, de sus frustraciones, de sus aficiones, de sus miedos, de sus alegrías. Y he comprobado que la inmensa mayoría son mejores que nosotros.

Aprenden a vivir con sus limitaciones pero potencian sus virtudes, conviven con sus miedos y los superan, demostrando su valentía. Se superan un día sí y otro también, siendo un ejemplo para todos los que, sin tener barreras físicas, se ahogan en un vaso de agua.

Yo les admiro, les quiero, e intento imitarles en su afán por superarse y vivir.

Hay también otros, los menos, que se hunden en la tristeza más tremenda. Hay que ayudarlos. Darles soluciones, vías alternativas, potenciar sus virtudes y darles cariño y comprensión. Mucho cariño y mucha comprensión.

Es, además, un ejercicio de puro egoísmo, porque eso hace que nos sintamos bien con nosotros mismos.

Hay muchos tipos de discapacidad o de capacidad diferente, como prefiero llamarla, y son todas distintas. Los lesionados cerebrales son totalmente dependientes y hay muchos otros que son casi autosuficientes, pero todos son personas. Personas maravillosas, iguales que nosotros, con los mismos sentimientos, con los mismos derechos, más si cabe, y que nos necesitan a todos.

Mirémosles como iguales, como amigos, como compañeros de copas, de cenas, de fútbol, de conciertos, de vida en fin. A ellos les haremos felices y ellos nos harán mejores.