“Creer en las personas más que en los partidos y más en las ideas que en ideologías. Cualquier sueño es posible mientras estemos unidos, Extremadura, nuestra única doctrina”.

Canten esto a ritmo de rap, vestidos con una gorra ladeada y una camiseta de talla XXL y se convertirán en iconos de la nueva política, tan posmoderna, líquida, juvenil y marchosa como José Antonio Monago, protagonista del video al que corresponde ese despliegue de lirismo musical que tanta sorpresa causó.

En estos tiempos confusos, lo viejo y lo nuevo se mezcla y se confunde de tal forma que el cuestionamiento del conflicto dialéctico entre derecha e izquierda, que se remonta al nihilismo postmodernista de mediados del siglo pasado, se vende hoy como el último grito de la comunicación y la práctica política. Y así, con adanismo calculado, los profetas de la transversalidad nos descubren la pólvora que ya humeaba en el “pensamiento débil” de Vattimo y, antes, en Heidegger o Nietzsche que, al certificar la muerte de Dios ya avanzada por Hegel, removió el suelo de certezas por el que caminaba, con paso confiado, la humanidad.

Los términos derecha e izquierda son reliquias del periodo industrial que han pasado ya a la historia. Hoy día la lucha entre los mismos es algo parecido a una riña sobre unas tumbonas en un transatlántico que se hunde”, decía Alvin Toffler en los ochenta. ¿Les suenan estas palabras? Como tantos otros, los nuevos -es un decir- políticos parecen añorar las hombreras y quizás por ello se dedican a hacer versiones de Toffler, tan “tecno”, pero también del ritmo sesentero de Daniel Bell o el más “grunge” de Fukuyama. Eso sí, en formato digital remasterizado y alojado en Youtube y plataformas de streaming que permiten compartir en redes sociales la playlist titulada “El fin de las ideologías”, muy apropiada para guateques  “retro”.

No hay que extrañarse de su populis… popularidad pues, si hemos convertido en líderes de opinión y gurús de la innovación a cocineros que deconstruyen tortillas y fabadas, ¿cómo no vamos a sentirnos atraídos por la ligereza de una mousse socialdemócrata al punto de revolución, una ensalada de centralidad regada con unas gotas de vinagre liberal o una añeja tercera vía con aroma de cítricos?

Disfrutemos de estos manjares ideológicos tan ligeros -algunos dirán que insípidos y poco nutritivos- mientras nos dejamos llevar por el ritmo pegadizo y el estribillo facilón de los discursos que, nuestros políticos más telegénicos y pragmáticos, cantan en la “fiesta de la democracia”. A ver si embriagados por sus promesas, recuperamos el ánimo para acercarnos a nuestro “smartphone” y asomarnos a la cruel realidad que se asoma a nuestro “timeline”.

Seguro que una identidad líquida es menos vulnerable a esos 140 caracteres que, como 140 balas, a menudo agujerean nuestro cerebro dibujando en él un gran signo de interrogación que da paso a la pregunta: “¿Hay alguna respuesta?”.